viernes, 10 de abril de 2009

mi pequeño hombrecito

Abría los ojos y la tenue luz de la mañana de otoño se colaba por los pequeños espacios que dejaban descubiertas mis ya gastadas cortinas. Veía la hermosa sonrisa de mamá quien me samaqueaba delicadamente para que me despertara y pudiera salir a tiempo para llegar temprano al “nido”. Mi peinado con raya al costado y mi mandil azul de cuadritos me hacían sentir el más idiota del mundo pese a que, antes de partir, mamá decía que era el hombrecito más lindo del mundo. Caminábamos las dos cuadras que separaban mi casa del local del “nido” y cuando llegábamos veíamos como numerosas madres entraban y salían por la puerta principal. Mamá siempre me dejaba a unos metros de la entrada para evitar recibir los reclamos de la directora por alguna travesura que haya cometido el día anterior. Me daba un beso en la frente y esperaba hasta verme entrar. Mi maestra era encantadora. Siempre nos recibía con una sonrisa y nos entregaba algunos dulces antes de empezar la clase.

Pero dentro de mi mágico mundo infantil, también había espacio para cosas de mayores. Ahí, dentro del salón se encontraba la niña más bonita que jamás había visto, la niña de cabellos ondulados con lazo blanco y de mejillas rosadas, siempre que la profesora le hacía una pregunta mis ojos se dirigían al asiento que se encontraba diagonal a mi, donde se encontraba ella . La oía responder y la veía tomar asiento feliz porque la profesora había aprobado su respuesta con un: “muy bien”. Todos los días era lo mismo. Yo la contemplaba cautivado pero mi timidez no me permitía acercármele y en desfogue de esto cometía numerosas travesuras por las cuales mamá no me acompañaba a la puerta a la hora de entrada y me esperaba en una tienda, a media cuadra del “nido” en la salida. Mamá siempre fue atenta a todas las cosas en que pensaba (preocupantes o que me ponían feliz) pero esta era una excepción. Ni pensaba que su pequeño hombrecito ya estaba jugando con los temas del amor, pero una tarde, en la salida, una tarde que mamá no se encontraba en la tienda si no que estaba conversando con una amiga, se percató de mi desvío de mirada hacia el lugar por donde se alejaban la niña de cabellos ondulados y su madre. Mamá comprendió en el acto lo que pasaba y al día siguiente, antes de que partiera hacia la entrada, sacó de su bolso una cajita de plástico que en el interior tenía una flor. La introdujo en mi mochila y dijo: “se la darás cuando estén en el recreo. No le digas nada tan sólo dásela y espera”. Las indicaciones de mamá eran específicas y esto me había dado algo de valor pues siempre que hacía lo que me decía mamá las cosas salían bien. Claro que hasta ahora esto no había sido puesto a prueba en los temas amorosos. Pero bueno ya estaba decidido, espere paciente el recreo y cuando llegó espere un poco hasta que estuviera sola. Saqué la cajita de mi mochila y me dirigí hacia ella. Las manos me sudaban y el cuello del maldito mandil me apretaba más que nunca y me sentía más idiota aun con mí, aun más odioso, peinado de raya al costado. Me detuve frente a ella y le extendí la cajita. –Esto es para ti- le dije. Ella tomo la cajita y sacó del interior la flor que mamá había colocado cuidadosamente. Me sonrió y me beso la mejilla. Un “gracias” se escapo de entre sus labios y partió hacia otro lugar. Yo me quede parado un momento en el mismo sitio algo sonrojado pero reventando de felicidad. Luego de esto, empezábamos a intercambiarnos palabras y cada vez que ella me sonreía me sentía en el cielo. Meses después acabo la etapa del “nido” y ambos fuimos a colegios diferentes razón por la cual no la volví a ver.

Pero aun hay algo que también debo recordar de esa época de mi vida. Ese año hubo, también, otra niña en mi vida. Esta se ubicaba tres asientos detrás de mi linda niña y un asiento detrás de mí en diagonal. Era una niña regordeta de gafas redondas, como las de aquel músico británico que murió a manos de un fan en la puerta de su cuarto de hotel (perdón, por un momento vino a mi la melomanía interna). En los recreos siempre se iba hacia un rincón para comer lo que su madre le había enviado de lonchera. Era algo rara, hablaba con nadie y casi nunca participaba de los juegos a menos que la profesora, prácticamente, la obligara. Mi concepto de ella hubiese terminado ahí si es que no se me hubiese acercado un día a decirme: “te quiero”. Estas palabras me dejaron con un “y ahora ¿Qué hago?” en la cabeza. La piel se me había puesto como la de gallina, la niña era una cabeza más grande que yo y su cuerpo me doblaba en tamaño, una bofetada me hubiese tumbado al piso. Sin embargo, con toda la crueldad que, inconscientemente, puede tener un niño de cinco años, tres palabras salieron de mi boca en ese momento. “Tu eres fea”- dije, y me fui corriendo temiendo que la niña me tome de la mano y me golpe. Luego de ese incidente empecé a seguirla con la mirada, temiendo alguna represalia de su parte pero nada, continuó siendo la misma chica solitaria de siempre: de gafas, callada y regordeta. Cada cierto tiempo me pregunto: “que me hubiese aconsejado mamá en este caso”. Y siempre me respondo: “seguramente me hubiese dado una tremenda paliza por lo que dije”.

Sin embargo mamá ya no esta con migo y ahora yo, que ya se cosas de la vida como el romper un corazón y que correspondan al mío. Ya soy todo un hombrecito de siete años que esta listo para aventurarme en la vida, ¿verdad papá?

-Si hijo, tu madre seguro estará muy orgullosa de ti.

jueves, 2 de abril de 2009

La increíble historia del chico triste que hacia reír

Y con la desaparición de los naipes, luego de un flamear de fuego, el mimo daba por culminado su show. Los niños se despedían de el con una sonrisa, algunos acercándose, otros, más tímidos, de lejos con un vaivén de manos. Los padres dejaban unas monedas en la canasta agradecidos por las sonoras carcajadas sacadas por su cómico espectáculo y por el entretenimiento brindado a sus hijos y a ellos mismos.

El mimo recoge sus cosas una por una. Dejando espacio a los próximos expositores del arte de la calle que por un rato más se apoderarán de un espacio en la alameda Chabuca Granda, y divertirán a nuevos pasantes de este lugar tan concurrido.

Por hoy, para el mimo, sólo queda retirarse. La noche ya empieza a asomar y con ella recuerdos que prefiere olvidar. Olvidar, es imposible olvidar. Su mente lo recuerda aunque el lo niegue con toda la fuerza de su corazón. Esa traumática noche en la que su voz se esfumo. De pronto la imagen de un niño de siete años ubicado frente a la pantalla de su televisor, se le vino a la mente. Era el año 1994, recuerda, y el quedó paralizado ante la noticia que acababa de ver en el noticiero, fue algo completamente inesperado, toda su infancia se quebranto de porrazo. Es mentira -se dijo muchas veces- no puede ser cierto –repetía en su mente, pues su voz se había desvanecido y sus padres, al ver esta escena, se asustaron, lo abrazaron, pero ya no se podía hacer nada. De aquel niño alegre y travieso ya no quedaba nada.

(…)

Caminaba por el Jirón de la Unión de retorno a casa. De cuando en cuando se detenía a entregarles globos en forma de animales a niños, de esos que empiezan a llorar y sus padres no saben como detener el llanto. El mimo los entregaba y con una sonrisa calmaba el llanto de los pequeños y continuaba su camino.

(…)

Los padres del niño llevaron a este de inmediato al hospital, pero los doctores dijeron que el problema era meramente psicológico. Cualquier posible solución no estaba en sus manos darla. El niño entonces pasó por una infinidad de psicólogos quienes hurgaron dentro de sus pensamientos y todos concluyeron en que el silencio del niño se debía al trauma surgido por la noticia de aquel fatídico 13 de marzo de 1994. Los psicólogos trataron de ayudarle, le explicaron las cosas y, de alguna forma, estas palabras, si bien no hicieron que el niño vuelva a hablar, hicieron que creara una respuesta en reacción, una formula que le ayudara a superar su temor. Y desde entonces lo decidió. No quería que ningún niño sufra como el, la tristeza debería parar y el trataría de detenerla. Para esto el ya contaba con 18 años y fue entonces cuando lo decidió. Dejo los lujos de la casa un día de verano y, mochila a la espalda, inició su viaje a ninguna parte, el viento o guiaría.

(…)

Llegaba a la entrada de una casona vieja donde vivía en compañía de otros singulares personajes, malabaristas, payasos, ilusionistas, todos artistas callejeros y uno que otro integrante de un colectivo que se presenta en pequeñas carpas improvisadas cada cierto tiempo. Entrega los cinco soles correspondientes del menú del día a una anciana muy amable quien le entrega dos platos con comida hasta el tope. La anciana era como una madre para todos aquellos jóvenes y niños que por cosas de la vida habían caído en ese lugar. Converso con nuestro mimo por un largo rato, mientras este terminaba de comer. Luego se retiró y el mimo se adentró en la casona rumbo a su cuarto.

(…)

El joven había dejado una carta a sus padres contando sus planes y pidiéndoles, por favor, no buscarlo. EL joven conoció a diversas personas que al igual que el buscaban cambiar en algo lo que hasta ahora habían vivido. Aprendió. Convivió. Renació. Su viaje lo llevo por casi todo el Perú. Guías espirituales guiaron su alma y volvió a Lima completamente renovado. Cuando estuvo de regreso se reencontró con sus padres. Luego de una larga charla con ellos en su antigua casa, salió de nuevo a las calles a cumplir con la promesa que se había hecho. Desde entonces su nombre quedo en el olvido y sólo se conoció su arte, ese que generaba carcajadas de, inclusive, el más parco de los transeúntes.

(…)

El mimo, luego de un día de agotador se sentó en un mueble de su pequeña habitación y vio una hoja de periódico que se encontraba pegada en la pared. Una lágrima rodo por sus mejillas. Pero luego sonrió y dijo para sí: “Ya estoy devolviendo las risas que me regalaste”.

La hoja era del 13 de marzo de 1994 y hacía mención a la trágica muerte de Mónica Santa María, una de las animadoras de un programa infantil de los 90’s llamado “Nube Luz”.

viernes, 27 de marzo de 2009

llanto de un periodista

Me llamo Ricardo Estrada. Tengo treinta y siete años de edad, trece de los cuales las eh pasado registrando a través de mi cámara fotográfica: asesinatos, atropellos, suicidios, y distintos hechos vinculados a estos temas. Pues eso es lo que conlleva el ser fotógrafo de la sección de policiales de una de las cadenas de periódicos de más circulación en el país. El trabajo no es tan sencillo como muchos creen. Es decir, la mayoría piensa que tan solo se va, se toman las fotos y listo, pero no. Nuestra labor consiste en sacar la imagen que cause más impacto y si eso no se consigue en la misma escena pues el otro recurso es hablar con algún familiar de la victima, trabajarlo emocionalmente, hacer que llore, que se sienta impotente, y en ese momento captura esa sensación a través del lente. Suena cruel y deshumano, si, pero, acéptenlo, todas las personas en el fondo, eh inconscientemente, buscan este tipo de imágenes entre las hojas de los diarios.

Hoy es uno más de esos días, recorro junto al reportero de la nota y al chofer del auto las calles de Lima. El chofer un viejo que trabaja para el diario desde hace años. El reportero. Su nombre es Gustavo. Un chico de veintiocho años. Entro como practicante hace cinco años y luego de un tiempo se ganó la confianza como para poder actuar individualmente y con quien poco a poco nos hemos vuelto buenos compañeros, la pasamos bien conversando durante los viajes en el auto. Una vez llegados al lugar del hecho, cada uno sabe cual es su función. El reportero va con los oficiales para recoger los datos de mayor relevancia, mientras que yo me escabullo para acercarme al cadáver mover los periódicos o el plástico que lo cubran para poder tomar la imagen de mayor impacto. Luego ambos nos encontramos con la familia de la víctima y, mientras el los trabaja emocionalmente, yo captura cada uno de sus gestos, las primeras lágrimas, y si tenemos algo de suerte alguno se desmallará.

(Llamada telefónica)

-Aló,…si… y ¿dónde es esto?... aja,… oh, ya veo,… entiendo… Ok, estamos en camino.

Al parecer hoy cambiará un poco la rutina habitual.

-¿Era el jefe? – preguntó Gustavo.

-Pues sí. Choque múltiple en la av. Javier Prado. Tres muertos esta vez.

-Ja, al parecer hoy tendremos más trabajo.

Diez minutos luego de recibida la llamada llegamos a la escena del choque. Los bomberos aun estaban cortando los fierros de las combis que habían colapsado para poder retirar los cuerpos y salvar a algunos sobrevivientes. Disparo unos flashes rápidos a estas escenas a la espera de que ocurra lo que esta previsto se convertiría en primera plana del diario al día siguiente. Gustavo se acerca hacia donde se encuentran los oficiales para enterarse de los nombres de los fallecidos y en esta ocasión voy tras el. El oficial da los nombres y el momento esperado llega. Gustavo se queda paralizado unos segundos y luego corre hasta donde están los cuerpos de los fallecidos en el accidente. Destapa el cuerpo de uno de ellos y, en ese instante, rompe en llanto. El cuerpo de su hermano mayor yace inerte sobre el pavimento.

Las imágenes son el sueño de todo fotógrafo de policiales, así que es el momento de cumplir con mi trabajo.

La portada del día siguiente del diario se titula “llanto de un periodista”. La imagen: una donde Gustavo, manchado por la sangre de su hermano, se aferraba al cuerpo de éste, mientras dos bomberos trataban de alejarlo para calmarlo. Al interior del diario hay un extenso artículo donde se relata una crónica sobre el hecho y dando el más sentido pésame “a uno de nuestros más leales colaboradores” (citando un fragmento de un párrafo del artículo), pero obviamente no fue sólo un pésame. Fue una estrategia bien pensada por el director del diario desde el momento en que recibí la llamada, las indicaciones ya estaban dadas y este era el propósito final.

Luego de esto a Gustavo no se le vio por el diario. Lo último que supe de el fue que entro en un diario pequeño y ahora cumple pequeños recados para este.

¿Yo? Por lo pronto sigo en el diario con la misma función. Ahora al lado de un nuevo practicante a quien aun se le esta enseñando todas las mañas de este oficio. ¿Si me sentí mal por hacer eso a mi ex compañero? Pues… la verdad no.

viernes, 13 de marzo de 2009

final bajo el puente

Allá por los años 30, un hecho nunca antes visto en las calles de la Lima de entonces horripiló a los ciudadanos.

Al hotel Comercio, ubicado en la esquina del Jirón Carabaya con el Jirón Ancash (al lado de palacio de gobierno), habían llegado dos españoles Marcelo Ortiz y Sergio Gallegos, prósperos empresarios de aquel entonces que habían llegado a Lima en busca de pasar una temporada de excesos entre alcohol, drogas y prostitutas; disfrutando de las ganancias obtenidas por sus empresas. Tentados, además, por una por un posible negocio en la Lima de antaño que, para los empresarios españoles, se había convertido en toda una mina de oro.

El lugar escogido para pasar su temporada por Lima no podía haber sido mejor. El centro agrupaba a los empresarios de mayor éxito. Nobles paseaban por el Jirón de la Unión y las dos plazas que este une, eran los mejores contactos que podían hacer para incrementar, aun más, sus, ya de por si, abundantes bolsillos. También era un punto estratégico para disfrutar en grande pues aquí se agrupaban los mejores bares, puntos para encontrar a las mejores damas de compañía limeñas, que estaban listas para abalanzarse sobre sus gordas billeteras, ofreciendo a cambio su bella presencia y sus más exquisitos sabores.

Partieron, entonces, a recorrer cada una de las calles. Entraron a bares. Se hacían amigos de los señorones que frecuentaban los locales. Tomaban unos tragos. Cerraban algún trato y se iban. Por las noches frecuentaban los burdeles más prestigiosos de la ciudad, pagando altas sumas de dinero por la compañía de las más lindas chicas que laboraban en dichos lugares. Y, bueno su vida se había convertido en eso. Conversaciones y tratos con otros empresarios de día. Alcohol, drogas y putas en las noches, durante las cuales se producían los más grandes despilfarros de dinero. Pero, bueno, el dinero no era problema para ellos. Las empresas que manejaban les daban la suficiente solvencia como para no tener que preocuparse por lo que gastaban. Pero la ambición por querer obtener más y más es mayor que todo y eso les hace salir a buscar potenciales empresarios con los cuales cerrar nuevos tratos que les permitan obtener más ganancias y incrementar su ya, de por sí, abultada cuenta, y también esta ambición fue la causal de la ruptura de la amistad. De hecho la ambición se había estado apoderando de Sergio desde hace mucho antes de llegar a Lima, y ya había empezado a mover las fichas para quitar a su amigo y socio toda potestad sobre los bienes que ambos administraban para que el pueda quedar legalmente con todo lo que poseían y acusarle de malversación de fondos, llevándolo con esto tras rejas para siempre.

Paradójicamente, Marcelo, esa noche, le propuso celebrar por sus grandes éxitos dejando las putas y drogas de lado por esa noche, y simplemente emborracharse y conversar en el bar que se ubicaba debajo del hotel. El bar “Cordano”.

Bar visitado por empresarios y políticos, que no estaba preparado para los hechos que sucederían esa noche. Pero ni el bar “Cordano” ni el hotel “Comercio” estaban preparados para los hechos que acontecerían esa noche.

Marcelo y Sergio bajaron al bar y empezaron con lo que se convertirían en rondas y rondas entre piscos y cigarrillos, conversando de sus inicios, anécdotas y vanagloriándose de los éxitos conseguidos y burlándose de los otros empresarios que habían dejado en ruinas al abrirse camino en sus negocios, esos empresarios que ellos solamente veían como estorbos. Estorbo, en ese momento eso es lo que era Marcelo para Sergio, un estorbo más, el cual era cuestión de tiempo para que todas las empresas quedaran en su posesión y Sergio quede en prisión gracias a sus artimañas.

Eran las tres de la mañana y el local ya cerraba sus puertas. Los dos subieron a sus respectivas habitaciones. A la hora de esto Sergio despertó. Escucho un ruido por los pasadizos del hotel. Se levanto de su cama, abrió la puerta y vio el pasadizo completamente vacio. Regreso a su cama. Un rato después alguien golpeo a su puerta.

-Sergio, ¿estas despierto? –preguntó Marcelo tras la puerta.

-Pasa la puerta está abierta. ¿Qué quieres?, son casi las cinco de la mañana.

-Tenía que hablar contigo sobre algo. Eh estado pensando y creo que sería buena idea
separarnos y empezar a caminar por nuestro lado. Cada uno con nuestras propias ganancias y aventurarnos en nuevos negocios individualmente.

-De hecho, yo también eh estado pensando en lo mismo...

Mientras decía esto, Sergio levantó los ojos y vio como un hacha se dirigía hacia su cráneo.

-Pero luego pensé, ¿y porqué dividir los bienes si puedo tenerlo todo? –dijo Marcelo, mientras hundía una y otra vez el hacha en la cabeza de su compañero- de hecho yo eh hecho más para sacar a flote todos los negocios, tu sólo fuiste un costal con el que tenia que cargar por “amistad”. Pero sabes ya me canse de todo.

Luego de varios golpes con el hacha secciono en partes a Sergio, las metió dentro de un costal. Como aun era temprano y las calles de Lima estaban vacías y la densa neblina daba el camuflaje perfecto, Marcelo corrió por las calles llevando el costal los restos de su amigo. Paso por las barras que separaban al río Rímac, caminó hasta la orilla y arrojó los restos de su amigo. Marcelo calló sentado a las orillas y empezó a reír.

Años después un viejo que frecuentaba el bar “Cordano” contaba la historia de los dos empresarios españoles, que un día llegaron a Lima en busca de placer y mayor éxito en negocios pero una mañana aparecieron muertos. Uno a las orillas del Rímac, muerto de un balazo. Las investigaciones de la policía indican suicidio. El otro, varios metros más allá, enredado entre los arbustos dentro de un costal. Asesinado y cortado en partes. Y cerraba la historia diciendo que por fin Lima podía jactarse de “esos crímenes horripilantes y sabios que son moneda corriente en Londres, Nueva York, Berlín o Chicago”.

PD: Cuento inspirado en el asesinato real de Marcelino Domínguez a manos de su socio Genaro Ortiz. Mencionado en el libro de Rafo León. “Lima Bizarra”

lunes, 23 de febrero de 2009

y otros cuentos...

El jardín del Edén fue el lugar más perfecto que existió alguna vez en la tierra y dejo de ser perfecto cuando a Dios se le ocurrió crear al hombre. Desde ese momento Dios también lo sintió, no era seguro fiarse de el hombre y por eso en un lugar secreto, muy alejado de donde habitaban Adán y Eva, construyó un lugar único, un bosque, hecho para que sea el más perfecto sobre la tierra y nadie pueda ninguna persona pueda encontrarla nunca.

En este lugar secreto habitaban todos los seres (excepto los humanos obviamente) libremente y de todo el lugar la reina era la felicidad quien paseaba por todos los rincones del lugar ofreciendo sus dones a todos, y todo era armonía en dicho bosque.

Pero un día, porque siempre llega “el día” en los cuentos, una visita inesperada llegó desde fuera del bosque. No se traba de algún humano, pues Dios había tomado todas las precauciones para que ellos no lo encuentren. Pero desde que Ellos (nosotros) fueron (fuimos) condenados, desde ese momento la muerte fue creada. Y esta muerte empezó a vagar por todos los rincones de la tierra hasta que llegó al bosque secreto. Se sorprendió al ver un lugar único sobre la faz de la tierra, un lugar libre de todo mal. Pero la muerte tenía una misión, cumplir el ciclo de la vida con el fin de la misma. Se internó dentro del bosque pasando desapercibida para todos.

Al día siguiente, la felicidad paseaba de mañana por el bosque en sus caminatas habituales, cuando diviso a lo lejos un tumulto de animales agrupados. La felicidad se acerco y observo una escena nunca antes vista por el bosque. El señor castor estaba tendido en el suelo muerto. Nadie sabía como reaccionar. Nadie sabía que estaba pasando, ni que significaba eso. No reaccionaban, tan sólo permanecían de pie frente al cuerpo del castor.

AL final todos se dispersaron y la felicidad (también con el rostro desencajado) se llevo el cuerpo sin vida del castor y no se la vio durante algunos días. Pero durante esos días se conoció a alguien nuevo a parte de la muerte en el bosque, pues de ojos del hijo castor cayó una lágrima, y de esa lágrima nació la tristeza.

Cuando la felicidad volvió se encontró con que la tristeza se había esparcido rápidamente y ahora oscurecía la luz que siempre había estado presente en el bosque. Durante algún tiempo la felicidad y la tristeza convivieron en el bosque, de alguna forma, en equilibrio. Pero (nuevamente) un día, por que siempre llega “el día” en los cuentos, una mancha apareció en medio del bosque y la felicidad, inquieta desde la llegada de la tristeza, advirtió a todos de no acercarse a la mancha, evitarla bajo toda circunstancia.

Pero alguien ignoró estas indicaciones y con una rama hincó, curiosamente, la mancha y de esta brotaron la ira, los celos, la ambición y una infinidad de males que se empezaron a regar por todo el bosque. La felicidad sentía que perdía terreno rápidamente y los males terminaron de oscurecer el bosque completamente.

La felicidad, al ver esto, tomo una decisión. Se marcho del bosque decidida ha evitar que pase con la tierra lo mismo que pasó en el bosque y repartiendo sus virtudes a todo aquel ser que los necesitara.

PD1: No soy muy creyente de Dios, o por lo menos no del que pinta la iglesia, pero si creo al humano a su imagen y semejanza… Dios también la puede cagar ¿no?

PD2: La frase “porque siempre llega “el día” en los cuentos” es en honor a Francois Valleys cuentista que hace poco acabo de descubrir. Y altamente recomendable.
PD del PD2: Siempre me pareció que eso de “en honor” era un eufemismo para evitar decir me copié. Lo sostengo.

viernes, 13 de febrero de 2009

El último 14

Se acercaba la hora del encuentro con mi chica y ya estaba listo para ello. El plan estaba pensado ya desde hace dos días y yo repasaba paso a paso lo que debía hacer. Partí rumbo al lugar de encuentro y llegué a la hora en que acordamos (una costumbre, que más que costumbre se ha vuelto manía) y como en todo encuentro con ella tuve que esperarla unos minutos más.

Al llegar, Gabriela estaba linda como siempre, me lanzó una mirada pícara y mientras sus dedos jugaban con su cabello preguntó: ¿y a ti que te dio por salir hoy?, ¿no quedamos en que no saldríamos nunca en esta fecha?

La tomé por la cintura, le hice unos cariños y dije: Tengo mis razones, además entre estar en casa aburriéndome con los programas basura de los sábados en la noche, y pasar toda la noche de hoy contigo es más que obvio que prefiero lo segundo. Y para añadir algo ya tengo planeado una velada que ambos podamos disfrutar, y disfrutaremos lo prometo.- Y la bese como la primera vez que nos besamos. Torpemente sensual.

Luego de una obra de teatro y unos tragos en nuestro bar favorito, partimos rumbo a donde por fin podríamos liberar toda la pasión que llevábamos internamente y consumar totalmente nuestro amor. La habitación, que ya había sido separada desde hace unos días, era amplia y con el toque de armonía que esperaba encontrar. Entramos a la habitación. Mi chica dejo su cartera en una silla y se dirigió al baño, seguramente a retocarse más pese a que para mí ya estaba guapísima. Yo tan sólo opte por echarme en la cama pensar en las cosas que vendrán luego de esto.

Ella salió y se hecho en mí, nos quedamos mirándonos fijamente un rato y luego apoyó su cabeza en mi pecho.

De un momento a otro empezamos a besarnos lenta y cariñosamente y luego acelerábamos a medida que el tiempo avanzaba y la ropa iba quedando de lado una a una hasta que nuestras pieles se juntaron. Yo la besaba toda deteniéndome un poco más en sus senos. Siempre me gustaron sus pechos, lo blandos que eran y lo bien formados que estaban. Mis manos los presionaban con delicadeza mientras ella se contorneaba sobre mí logrando una penetración perfecta.

El sol de verano empezaba a asomarse y caía en nuestros rostros. Yo me desperté casi al instante y empecé a vestirme. Me acerque a Gabriela por su lado de la cama, le di un beso en la cabeza, acomode su cabello y le dije: Bueno, creo que nuestra historia termina aquí.
Ella me miró con cara de confusión. –De que hablas- Preguntó.

-Lo de anoche fue la despedida. Quería que ambos quedáramos con un lindo recuerdo de lo que tuvimos y espero que en tu caso haya funcionado, pues yo de verdad la pase muy bien.

-Pero, ¿Por qué así, tan repentinamente?

-El martes te vi con Daniel. Los vi besarse. –Por la expresión que puso, supuse que no lo negaría, por lo que continué.- Sabía en lo que me metía si empezaba una relación contigo. Total ya te conocí así desde un principio, y pese a que me dijiste que te habías enamorado de mí y que no pasaría eso si empezábamos algo, siempre me quedó el temor.

Pero no te preocupes. Rencor no hay. Quizá algo de tristeza pues hubiese preferido que terminaras con migo y vuelvas a tu vida de antes, a que retomes esa opción a mis espaldas. Pero, en fin. Aun te guardo un gran cariño y espero que volvamos a ser tan sólo los amigos de antes.

Además, hoy 15 de febrero cumple ya veinte años, así que es un buen momento para volver a empezar desde cero, ¿no lo crees?

Le sonreí, le di un beso más en la frente. Ella me tomo de la mano, se levantó de la cama, me dió un beso en la boca. Dijo: Feliz cumpleaños. Le volví a sonreir y me retiré mientras que en mi Mp3 sonaba una de mis canciones favoritas de “La liga del Sueño”

“… que corazones destrozare, que mentiras debo sostener…”

 


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